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Madrid

Sol
Y todo comienza, se desarrolla y termina en la Puerta de Sol. Quiéraselo o no, la capital de España tiene el centro de su vida entre el Tio Pepe, las fuentes rodeando a Carlos III, el Oso y la imponente cúpula de la entrada al Cercanías, acceso a los trenes que te llevan, en vorágines viajes con vistas instantáneas, a los lugares más inesperados, en días y noches recordados y olvidados. Street artists, estatuas vivientes, grandes concentraciones de turistas y de caminantes casuales, comerciantes, lugar de encuentro clave en la vida madrileña… Puedes ver, por ejemplo, en diciembre, el gran árbol que se forma, adornando el paisaje cosmopolita que rodea la plaza. Poetas anónimos tratando de captar la belleza de los momentos que tal vez solo el reloj de la Casa de Correos conserve, mientras se van disolviendo en los misterios del tiempo. Eso es Sol. Quienes hayan vivido en algún momento de su vida en Madrid pueden cerciorarlo.
A pesar de estar casi dos años encandilado aquí, aún sé que existen lugares y sitios por conocer, sensaciones que me producen ir más allá y saber que las calles gritan a voces altas en verano lo que dicen en susurros cuando las noches de invierno caen. Descubrir Malasaña sin querer y terminar fascinado por el espíritu bohemio y totalmente vivo tan solo saliendo de Fuenlabrada, o en Retiro, cuando solíamos coger guitarras y componer música que luego se perdía entre las hojas de los árboles que caían a principios de Octubre. El Prado, Reina Sofía y visitas libres en busca de la más sublime expresión humana, perdida de alguna manera entre las calles llenas de volatilidad y especulación. Está también Plaza España y la creación cervantina como testigo de los pasos que dábamos hacia el probable destino en común. Y Atocha… y sus terrazas de tertulias suaves y profundas, de planes y proyectos de dominación, canciones que hacen eco en las risas interminables, previas reflexiones que alimentaban nuestras razones, hasta que se hace tarde e ir a tomar el Metro. Pasillos interminables, auriculares en los oídos, Royal Blood, los Kinks o Smile, y miradas cruzadas bajo la luz artificial en lo subterráneo. Y con ello, la experiencia de haber vivido mil y una vidas en el laberinto preciosista de las vías de Madrid.
Y muchas veces los viajes se hacían largos. Algunas veces solo, otras tantas acompañado, conociendo y analizando las razones y los por qué. Las velocidades se hicieron cada vez más rápidas, los autobuses se convierten en el refugio de las tempestades, y lo que fue una novedad en su momento, se tornó en una realidad placentera y llevadera. Los cambios se acercan y aquellos a quienes el destino les negó una chance por decisiones insensatas, podrán retomar su camino. ¡Y tantas cosas por descartar y otras tantas por imitar! Como el sonido de risas que se encausan en la palidez perfecta del atardecer en Debod, o en el amanecer saliendo hacia el Manzanares. Si caminas alguna noche por Tirso de Molina y encuentras a un barrendero saludándote, abrázale y cuéntale tu situación. Vendrán entonces los muchachos que no conocías ni conocerás, en grupo y haciendo bulla, citando a Sabina y a Loquillo, y te unirás a ellos para terminar la madrugada mirando hacia arriba y encontrando de nuevo aquellas dos estrellas que siguen brillando juntas en el vasto cielo, a través del universo.

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